Uno de los primeros libros que mamá compró para mí fue uno llamado “Un tesoro de cuentos de hadas”, cuyas ilustraciones no eran mucho de su agrado, por cierto. Antes de que aprendiera a leer, ella acostumbraba a leerme de vez en cuando cuentos de ese y otros libros. Entre los numerosos relatos de esa obra hay uno en especial que se presta para la época navideña. Se llama “La niña de los cerillos” y fue escrito por Hans Christian Andersen. Yo estaba, si mal no recuerdo, cursando tercer año de kíndergarten cuando mamá me lo leyó. Vivíamos en Cuernavaca en aquel tiempo, un lugar caracterizado por su espléndido clima. Así que no podía entender muy bien lo que es el frío, ni tampoco conocía la nieve. Es más, creo que a esa edad ni siquiera estaba consciente de ello.

Pero una vez que nos mudamos al estado de Chihuahua y que conocimos el frío más de cerca, y la nieve también, al pasar de los años volví a leer por mí misma este cuento y se me hizo sumamente conmovedor. A partir de entonces, cada invierno, cada vez que se acercan las festividades decembrinas, se me viene a la mente este cuento. ¿Cuántas personas como esta niña estarán sufriendo? A lo mejor no precisamente de frío; puede ser hambre, tristeza, falta de un hogar, qué se yo. Y no puedo evitar sentirme mal porque no hago lo que está en mis manos para evitar algo así. Siento que en cada ciudad, en cada poblado, hay una niña que quizá no vende cerillos: tal vez vende dulces, cigarros o peor aun, está obligada a venderse ella misma para subsistir. Y es que ese es uno de los poderes que tienen los cuentos de hadas cuando te los dicen de niño: se quedan para siempre en tu mente y te das cuenta que la realidad supera a la fantasía.

En fin, para no hacer más larga la espera, a continuación les transcribo este cuento. No tengo a la mano el “tesoro”, pero tengo una versión que viene en Cuentos clásicos de Hans Christian Andersen, publicado por Reader’s Digest en 2007. Debo añadir que en la citada obra el título del cuento es “La pequeña cerillera” y se encuentra en las páginas 284 a 287.

Hacía mucho frío. Estaba por terminar, nevaba y ya casi era de noche. Pero a pesar del frío y la oscuridad, una pobre niñita andaba todavía por las calles, sin nada que le cubriera la cabeza ni los pies. Cuando salió de su casa llevaba puestas unas zapatillas, pero eran de su madre y le quedaban demasiado grandes, tanto que las perdió. Una se le salió al atravesar apresuradamente una calle y evitar que un carro la arrollara. La otra se la robó un pequeño malandrín que dijo que alguna vez le podría servir de cuna. Así pues, la niña caminaba con los pies descalzos, morados de frío y en carne viva. En su mano llevaba un manojo de fósforos, pero en su raído delantal tenía muchos más. En todo el día nadie le había comprado ni uno solo, por lo que no había ganado un sólo céntimo. De esta manera, tiritando y sin haber comido, continuó su camino la pobre niña.

Los copos de nieve le resbalaban por su larga cabellera rubia, que, ondulada, caía sobre sus hombros. Pero ella no pensaba en sus bellos rizos ni en el intenso frío que hacía. Sólo veía las lucecitas navideñas a través de las ventanas y percibía el olor a pato asado que impregnaba en el ambiente. Era Nochebuena, y sólo en eso pensaba la pequeña. Se sentó en el rincón que formaba la unión de dos casas y ahí se acurrucó replegando sus pies debajo de ella, pero no sirvió de nada: estaban helados. No se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ningún fósforo y no llevaba ni un céntimo. Su padre la golpearía. Además, su casa era casi tan fría como la misma calle. Vivían en un ático, y pese a la paja y los trapos con que habían tapado las rendijas que había en el techo, no dejaban de entrar el viento y la nieve.

Tenía las manos entumecidas de frío. ¿Y si prendiera un fósforo? Quizá así podría calentarlas. Sin pensarlo sacó uno y lo frotó en la pared. ¡Ah, cómo brillaba alumbraba su flamita! Despedía para ella una mágica luz. Le pareció estar sentada frente a una gran estufa de hierro en la que ardía maravillosamente el fuego. La niña estiró las piernas para calentarlas, pero en eso ¡la flama se extinguió! La estufa desapareció, y la pequeña niña volvía a tener frío y a estar sola; en la mano sólo tenía un fósforo consumido. Frotó otra cerilla en la pared. Ardió, y la pared en donde caía la luz se hizo tan delgada como un velo: la pequeña niña pudo ver el interior de una habitación en la que había una mesa cubierta por un mantel blanco como la nieve, una fina vajilla de porcelana y, lo mejor de todo, un pato asado, relleno de manzanas y ciruelas. De pronto vió cómo el pato saltaba fuera de la bandeja, andaba por el suelo y se dirigía hacía ella ¡con todo y el cuchillo y el tenedor clavados en la pechuga! Pero la segunda cerilla se extinguió, y sólo quedó a la vista la fría y gruesa pared. Encendió un fósforo más. Ahora estaba sentada debajo de un hermoso árbol de Navidad, más grande y más bellamente adornado que el que había visto a través de la puerta de cristal de la casa de un rico comerciante. Cientos de velitas brillaban tenuemente en sus ramas, de las que colgaban pequeñas figuras pintadas como las que había visto en los escaparates de las tiendas. La cerillerita alargó su mano hacia ellas, y el fósforo se apagó. Pero las velitas de Navidad se empezaron a elevar: las podía ver centellando como si fueran estrellas del cielo. Después, una de ellas cayó, dejando una estela de luz abrasadora.

“En este momento alguien se está muriendo”, pensó la pequeña. Su abuelita, la única persona que realmente la había querido, le dijo en una ocasión que cuando una estrella cae, un alma sube con Dios. Su abuelita había muerto hacía pocos años. Frotó otro fósforo en la pared. Entonces vió un claro y brillante resplandor. En medio de esa gran luz estaba, de pie, su anciana abuela tan buena y amorosa como siempre.

-¡Abuelita!-gritó la niña-. ¡Llévame contigo! Sé que te irás cuando la cerilla se apague. ¡Desaparecerás como la estufa caliente, el delicioso pato asado y el hermoso árbol de Navidad!

Febrilmente la niña encendió todos los fósforos que le quedaban para que su abuela no se fuera. Las cerillas ardieron radiantes esparciendo una viva claridad. Nunca había visto a su abuelita tan grande ni tan hermosa. Tomó a la pequeña en sus brazos, y juntas se elevaron alto, muy alto, más allá del frío, más allá del hambre, más allá del miedo: se elevaron hasta la gloria de Dios.

A la mañana siguiente, encontraron a la niña sentada en el rincón de entre las dos casas, con las mejillas rojas y una sonrisa en los labios, y sin vida. Había muerto congelada en la noche de ese año que estaba por terminar. El sol iluminó el pequeño cuerpo sentado ahí con su manojo de fósforos consumidos.

-¡Estaba tratando de calentarse!-dijo la gente.

Pero nadie supo de las hermosas apariciones que había tenido, ni de la gloria de Dios en la que ella y su abuela vivirían el nuevo año.