Refugio de sobra

A veces lo más interesante de las notas periodísticas, son los comentarios que ponen las personas. Recientemente leía lo que comentaban en una nota de SinEmbargo, en la que se detallaba la petición que se lanzó en Change.org para recibir a refugiados sirios en nuestro país. La gran mayoría decía que no era buena idea recibirlos, porque en México “tenemos muchos problemas de refugiados”, “estamos en condiciones de huir nosotros también” e inclusive “no porque les dan más beneficios que a los mismos ciudadanos mexicanos”.
Todo eso me hizo pensar que tenemos una idea muy distorsionada de lo que el dar significa, llámese refugio, comida o lo que sea. Viene alguien con hambre a tocar las puertas de nuestra casa, y le queremos dar las sobras de hace tres días, que con suerte todavía están en buen estado. Hay una campaña para llevar alimentos no perecederos a una comunidad lejana, y buscamos en la alacena la lata del alimento que menos nos gusta, o del más extravagante: mermelada de quién sabe qué, unos vegetales exóticos en almíbar o tal vez un paté que nos sobró de la navidad pasada. ¿Y qué hay de lo que hacen algunas instituciones de beneficencia, donde venden lo mejor y lo peorcito es lo que regalan a los pobres? Y así nos podemos ir con muchos otros ejemplos.

Entonces, como en México no nos sobra paz, ni suficiencia económica o estabilidad laboral, no estamos en condiciones de ayudar humanitariamente. Aunque muchas veces se nos diga que las acciones o pensamientos individuales no se reflejan o cambian la sociedad, lo cierto es que la forma de pensar de cada persona en general, repercute incluso en cuestiones más macrosociales, causando impacto negativo o positivo. Vean lo que un puñado de gente xenofóbica en una determinada nación puede hacer para cerrar las puertas a la migración. Y por el otro lado, podemos presenciar también cómo seres humanos, que podrían parecer simples mortales, logran aportar algo pequeño pero muy grande a su comunidad. Aquí tenemos el gran ejemplo de “Las Patronas”, mujeres que dan de comer a migrantes centroamericanos que viajan en el tren denominado “La Bestia”. No son mujeres millonarias a las que les sobra comida, ni se están cuestionando el ayudar a otros que no son ni siquiera sus paisanos. Es simple humanidad.

No estoy negando que en México existan problemas graves. Por supuesto que los hay, y merecen la atención debida. Pero por desgracia, la mayoría de las veces no se resuelven. ¿Vamos a esperarnos a que nos sobre despensa para dar alimento a otros? ¿Tenemos qué aguardar el día en que la ropa sea buena, bonita y barata para vestir a los demás? ¿Recibiremos a refugiados o desplazados de otros países cuando se arregle nuestra situación? Como leí hace mucho tiempo en un librito de frases y dibujos: “La generosidad no consiste en dar al otro de comer cuando tienes en abundancia, sino en compartir tu comida aunque tú también estés hambriento”.

2 comentarios sobre “Refugio de sobra

  1. Por casi 8 años estuve asistiendo a una iglesia cerca de casa (por motivos personales y espirituales, pero también por convicción propia) y concuerdo con lo que dices. Al participar en esas actividades como “campanitas navideñas” donde los jóvenes de la parroquia apoyábamos tocando de casa en casa pidiendo ropa de invierno y cobijas para los ejidos del municipio de Saltillo, la mayoría de las personas entregaban lo que “ya no usaban”. Abundaban los calzones rotos, calcetines sin par, zapatos sin suela. Por pura lógica uno se preguntaba: ¿en serio esto que estas “donando” le puede ser útil a alguien que pasa los inviernos mas crudos en las zonas rurales?.

    Si hacías algún comentario a los donadores sobre el estado del donativo, te lanzaban la famosisima:
    – Pos este!!! Limosnero y con garrote!!!

    Creo que lo peor del caso es que aun haciendo estos “donativos” nos sentimos bien. Creemos que les hacemos un favor a quienes les llegaran nuestros actos de caridad. Desconocemos que la acción de la solidaridad es darnos a nosotros mismos, nuestro tiempo, espacio, y compartir lo que somos y de lo que tenemos.

    Cosa contraria. Una vez que los jóvenes parroquianos íbamos a las comunidades rurales a entregar lo recolectado, ellos mostraban su gratitud de muchas maneras; entre ellas, invitándonos a compartir sus alimentos en sus casas. Familias que tal vez tenían 4 panes para todos los integrantes, dividían lo que tenían para poder compartirlo con quienes se suponía les llevábamos un poco de luz.

    No hay mayor muestra de caridad que la que uno recibe de parte de los que menos tienen. Y esa lección deberíamos vivirla todos.

    Gracias por tu invitación a la reflexion Mely. Saludos y fuerte abrazo

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