Reflexiones cumpleañeras

He de admitir que siempre me ha emocionado mi cumpleaños. Trato de hacer cada 13 de febrero un día memorable, y de recordar todas las cosas bonitas y graciosas que pasan durante ese día. Mi cumpleaños lo considero una fecha  muy importante, y buena parte de mis amistades saben que mi mayor regalo es que recuerden esa fecha y me feliciten . A veces me río el resto del año de la obsesión cumpleañera que siento cada víspera de San Valentín, pero como una vez alguien me dijo, “tu cumpleaños es el único día verdaderamente tuyo”.

Me considero una mujer muy afortunada y bendecida cada que llega mi happy birthday. Tengo un ligero recuerdo del pastel en forma de corazón que mis padres compraron cuando cumplí tres años. En mi quinto cumpleaños, quise una fiesta con la temática de La Sirenita, pero al no encontrar todo lo relacionado con uno de mis personajes favoritos de Disney, terminó siendo una fiesta tutti frutti con pastel de Ariel y bolsas de dulces de El Jorobado de Notre Dame; mientras vestía un vestido café y estaba peinada con dos coletas. Cuando cumplí siete años pasó algo similar, sólo que mi pastel fue de Mulán y mamá hizo canastitas con envases de leche para los dulces.

Uno de los detalles más bonitos que he vivido fue en la primaria. Para llegar a la escuela, el transporte iba por mí y me llevaba de vuelta a casa, por lo que hice muchos amistades con niñas y niños en el “camioncito” (aun tengo contacto con una amiguita muy especial que conocí ahí, de hermoso cabello chino y bastante carisma. Se llama Selene, pero esa es otra historia, muy linda por cierto). En una ocasión, uno de esos amiguitos llevó chocoflan, postre que en algunas partes es conocido como pastel imposible o diplomático, y que había preparado su mamá. Yo, como buena comilona, lo probé y le comenté que estaba riquísimo. Y entonces, cuando llegó mi noveno natalicio, subí al camión escolar y ¡oh, sopresa! Estaba ahí, con un chocoflan para celebrar mi cumpleaños. Resulta que le había comentado a su mamá lo mucho que me había gustado su postre, y le pidió de favor que preparara uno para ese 13 de febrero.

Como estas historias, tengo muchas más. Cada uno de mis cumpleaños han sido especiales, y por eso les tengo cariño. En ocasiones varias personas me llegaron a sorprender con detallitos que no esperaba, y aunque a algunas de ellas ya no las he vuelto a ver, quisiera que supieran que aun recuerdo esas muestras de afecto, y las guardo en mi mente y mi corazón.

Me extraña que en ocasiones escucho decir a la gente que ya no quieren cumplir años, que les da pena decir su edad o que ni siquiera les gusta que la gente sepa cuándo cumplen años porque no les gusta que los feliciten. Yo sé que Ricardo Arjona no es un músico prestigiado, pero considero que tiene algo de razón cuando recomienda que no le quitemos años a la vida, sino que le pongamos vida a los años, que es mejor. Apenas estoy en mis veintes, pero he podido constatar que cada etapa tiene algo que debe disfrutarse plenamente, sin querer apresurarse al futuro o añorar el presente.

De adolescente escuché una canción que decía “(me) tomó un funeral para hacerme sentir vivo”. Y es que aunque suene paradójico, la muerte nos hace tomar conciencia de lo frágil y efímera que es la vida. Una vez asistimos al funeral de la abuelita de una amiga, quien había sido una mujer longeva. Al llegar al cementerio, junto a nosotros estaban esperando sepultar a un chico que tenía apenas 18 años. Era la época en que Ciudad Juárez vivía una crisis de violencia muy fuerte, que cobró la vida de miles de jóvenes. Por lo que  decía la mamá del muchacho, parecía que él había sido víctima de la inseguridad. En un mismo momento tenías dos panoramas: una mujer que vivió su vida, cumplió con todos sus ciclos, e iba a ser sepultada siendo ya una anciana. El otro lado era un chico de dieciocho años; alguien que muy apenas había alcanzado la edad para votar, que tal vez acababa de terminar el bachillerato y deseaba continuar una carrera universitaria. No lo conocía, pero definitivamente nadie piensa que los dieciocho sea una edad adecuada para morir. Al caminar un poco entre las tumbas, puedes ver también esos contrastes: un señor que murió a los cien años junto a una mujer que falleció a los 22. Estaba la tumba de un padre de familia que era visitada por sus pequeños hijos, y a su lado un epitafio dedicado a un niño de cuatro años.

Nadie sabemos cuándo vamos a morir. Por eso considero que los cumpleaños,más allá de las fiestas, los regalos y los pasteles, es una nueva oportunidad para seguir viviendo.Cuando escuchó a alguien quejarse porque va a llegar a los cuarenta, le digo “bueno, ve a todos los chavos que mueren a corta edad. Tienes mucha suerte”. Avergonzarse de la edad es seguir  el estereotipo estúpido que se tiene actualmente, donde la juventud es lo más valioso y la vejez es desdeñable. En las civilizaciones antiguas, llegar a la tercera edad era honroso y motivo de orgullo. Hemos perdido lamentablemente esa idea, y necesitamos retomarla.

Un consejo que me ha dado mi mamá, y que he tenido muy presente a lo largo de mi vida, es “disfruta tus etapas”. Vive tu niñez al máximo; sal al parque, haz pasteles de lodo, canta a todo pulmón los éxitos de Disney. Ten una adolescencia plena; píntate el pelo de rosa, escucha punk rock a todo volumen, sal al cine con tus amistades y no te dejes llevar por cosas que no te convienen. Que tu juventud esté llena de aprendizaje y vivencias emocionantes: viaja, ve a conciertos, conoce gente nueva, enamórate, busca un trabajo que te llene y un hobbie que te apasione. Esto es lo que he hecho hasta ahorita, y aunque he tenido experiencias muy padres en cada una de esas etapas, no deseo regresar a ninguna de ellas. Me gusta  el lugar en el que estoy, y no pienso apresurar las cosas. Todo llega cuando tiene qué llegar.

Y ya sólo me queda decir… feliz cumpleaños.

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