Siempre he pensado que los libros usados tienen una historia con sus antiguos dueños. A veces me pongo a imaginar cómo es que llegan a los locales donde se venden y qué fue de las personas que alguna vez los tuvieron en sus manos. Una vez escuché que las tiendas de libros viejos se nutren de intelectuales muertos. Suponiendo que en ocasiones sea cierto, a veces me pregunto qué es lo que lleva a la familia a deshacerse de tan valiosos tesoros con los que su ser querido fallecido nutrió su mente. Me he topado con ediciones que jamás se han vuelto a publicar y que, aunque tengan un valor intelectual incalculable, yo pago por ellos un precio módico y en ocasiones ridículo.

De todos los libros usados que he adquirido, uno de ellos cuenta con elementos que me intrigan mucho desde que llegó a mí. Eran las vacaciones de  verano de 2011. me encontraba en Ciudad Juárez y yo estaba por empezar mi tercer semestre de Sociología en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Sabía que veríamos teoría marxista ingresando a clases, por lo que le dije a papá que iba a necesitar “El Capital”. Como suelo ser muy considerada con la economía, no quise comprar los tomos nuevos (además de que en ninguna parte los tenían) pero tampoco quería una edición incompleta. Llamé a la Nevería Acapulco  y pregunté si tenían los tres tomos. “Si, si los tenemos. Están en muy buenas condiciones y no están subrayados. El precio por los tres es de $280”. Le comenté a papá la información y a los pocos días fue por ellos.

“Te vas a casar con Marx, pero hubiera sido interesante que te hubieras casado con Freud” bromeó mamá haciendo alusión a que al final había elegido estudiar sociología en lugar de psicología. No le había comentado que durante esos meses, alimentada de comentarios externos, me había entrado la duda de si en realidad debía seguir estudiando dicha carrera. Cuando papá llegó con “El Capital” a casa, decidí quitarme esos pensamientos y continuar con mi decisión de licenciatura.

Me sorprendieron las excelentes condiciones de los tres tomos. Pero si bien el libro no estaba subrayado, encontré algunas cosas curiosas cuando lo hojeé: la foto de una mujer, un pequeño cartoncillo con el teléfono de un tal Joel Rodríguez, un ticket de hotel de Parral y un papelito de una clínica de planificación familiar de El Paso, Texas. Las veces que he platicado sobre esto con alguien más, parece presentar el mismo sentimiento de intriga que yo. ¿Quién habrá sido esa mujer? ¿Habrá tenido algún amorío en Parral con el tal Joel? ¿Qué situación tan desesperante habrá vivido que la llevó a una clínica paseña donde practican abortos? ¿Por qué no revisaron que el libro tuviera esos recuerdos antes de llevarlo a vender?  Por los formatos de las fotos, las ladas de los teléfonos y la apariencia del boleto de hotel, parece ser que quizá esa historia se desenvolvió en los ochenta. No tengo las respuestas a esas preguntas. Pero no me he deshecho hasta ahorita de esas  pequeñas pistas. Sé que suena absurdo y que los libros son objetos inanimados, pero pienso que si lo hago,  le quitaría al libro una parte de su historia.

A veces reflexiono que los libros también te conectan con ciertos momentos de tu vida. Hay algunos que llegan a tí cuando más los requieres. Hay personas que llegan a tí mientras lees cierto libro. Hay libros que marcan tu niñez, juventud, adultez… tu vida. Hay personas que son como los libros: quizá esperas mucho de ellos por su portada, pero al final te decepciona su contenido. Otros son tachados de ser aburridos pero te cambian por completo. Y quizá algunos te enlacen a una época a la que no quieras regresar. Nuevos, usados,electrónicos, prestados, regalados… son parte de la vida. Y pueden decirte mucho también de quien los lee o alguna vez los leyó.

Nunca sabré la verdad sobre el antiguo dueño o dueña del Capital. No obstante, trato de personalizar mis libros. Los comento, los subrayo, a veces los adorno. La mayoría de ellos los forro y los trato como mi posesión material más valiosa. De esa manera, tanto el libro como yo contaremos nuestra historia y dejaremos pistas de nuestra vida.

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