En mis primeros años de adolescencia, llegó a mí la noticia de que un ex profesor mío, quien me impartió clases de cuarto grado, había abusado sexualmente de una niña que asistía a mi antiguo colegio. 

En varias ocasiones ese maestro llegó a abrazarme o darme besos en la mejilla, sin que yo me sintiera bien al respecto. Hacía lo mismo con otras compañeritas de mi salón, y aunque no tenía conciencia de que cualquier contacto físico sin mi consentimiento se podría calificar como acoso, me sentía realmente incómoda con él y deseaba con todo mi corazón que ese año escolar terminara pronto. Nunca me atreví a comentarlo con nadie, creía que era una descortesía de mi parte el no querer que mi maestro me abrazara.

Sin embargo, al platicar sobre aquel incidente con algunos ex compañeros de clase unos días después, sorpresivamente varios de ellos hablaron mal de la niña que fue abusada: “es que Fulanita es medio zorra porque tuvo varios novios”, “ella usa su falda muy cortita en la escuela”, “ella solía ser muy coqueta en ocasiones, también”. 

Cuando se comete un delito hacia una o varias personas, la sociedad tiende a cuestionar a quienes se vieron afectados en lugar de responsabilizar en su totalidad a quien perpetuó el crimen. Este comportamiento recibe el nombre de Victim Blaming, que en español significa “Culpabilización de la víctima”. Aunque en los últimos años se ha señalado la existencia de esta situación, el victim blaming sigue presente no sólo entre las personas en general, sino también en las instituciones que (supuestamente) imparten justicia.

Es común además que en los medios de comunicación se demerite a la víctima al señalar que estaba en estado inconveniente, tenía problemas personales, vestía ropa “inadecuada”, entre otras cosas más. Por otra parte, en más de una ocasión han descrito virtudes del agresor al darse la noticia del crimen, como decir que era alguien superdotado o un excelente deportista.

Algunos especialistas en conducta humana dedicados a estudiar el victim blaming han llegado a una interesante conclusión sobre su origen. Según explican, la gente tiende a pensar que vivimos en un mundo justo, en el cuál cada quién tiene lo que merece y donde todos obtienen algo según pongan de su parte para conseguirlo. A eso hay que sumarle la existencia de estereotipos: pensamos que un delincuente es una persona que viste con harapos, de poca higiene y que vive en zonas marginadas, de esas que quedan muy lejos de nuestros hogares. En cambio, creemos que aquellas personas que visten bien, son atractivas, cuentan con un buen trabajo y mantienen una moral “recta”, son incapaces de hacerle daño a alguien más.

El victim blaming representa una doble carga para las víctimas: por una parte, tienen que lidiar con el trauma y desgaste emocional del daño que se les fue hecho; por la otra, lidian con la culpa que la sociedad les impone al ser cuestionadas por “provocar” los hechos, o peor aún, a veces nadie les cree. Esto no sólo lleva a que no se castiguen a los culpables, sino que además la víctima interioriza esta ideología y pierde toda motivación a denunciar por temor a que nadie le crea, o porque piense que quizá está “exagerando” y no visualiza como anormal una conducta abusiva.

Debemos comenzar a ser más conscientes de las prácticas que como sociedad nos hacen retroceder en lugar de avanzar. Es importante reflexionar sobre aquellas ocasiones en que hemos culpabilizado a las víctimas y no a los agresores, para así evitar difundir ese discurso próximamente. Escuchar y atender a la víctima es el primer paso para combatir la injusticia y la impunidad.