Pascua… ¿Y qué hacía antes en Pascua? Los recuerdos más lúcidos los tengo presentes más o menos a partir de los nueve, justo un año después de haberme mudado a Ciudad Juárez. Recuerdo que cada Pascua, el servicio en la pequeña iglesia cristiana a la que asistía comenzaba a las 7:00 am. “Como celebramos la resurrección de Cristo, debemos estar presentes lo más temprano posible. Así como las mujeres que fueron al sepulcro bien temprano al tercer día, para darse cuenta de que nuestro Salvador había vencido la muerte”. Después del devocional matutino, se procedía a desayunar menudo: platillo que estaba reservado especialmente para esa fecha y que todos degustaban con apetito, dado que llegar a la iglesia a las 7 am implicaba salir sin desayunar de casa. 

Mientras tanto, en el parque más icónico de la ciudad, la gente había llegado a apartar lugar para su picnic pascual, casi a la misma hora en que la iglesia comenzaba el servicio. Tengo entendido que incluso había quienes acampaban desde la noche anterior para asegurar su espacio. El sincretismo estaba presente en la cultura fronteriza, al ser conocido ese día tan especial para la  religión como  “el día de la coneja”. En mis primeros siete años de vida, mismos que pasé en el centro de México, no recuerdo que eso fuera parte de las tradiciones. Aunque,  en el fondo, tal vez me hubiera gustado vestirme de coneja, buscar huevos con premios y que me regalaran una canasta llena de juguetes, de esas que se vendían por doquier en El Paso. ¿Por qué se daban esas canastas? Nunca lo supe, pero era una excusa perfecta para tener juguetes fuera de Navidad y mi cumpleaños. 

“¿Por qué el día de la coneja esconden huevos, si los conejos no ponen huevos?” se preguntaba mi papá en voz alta. Y yo pensaba que, en efecto, no tenía lógica. Me respondía a mí misma que los conejos son vivíparos, no ovíparos, tratando de explicarme el mundo con conceptos que memoricé del Libro Integrado de primer año de primaria. El mismo donde aprendí, como una cantaleta,  que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Me propuse aprender la diferencia entre ovíparo y vivíparo para evitar confusiones, y relacione el “ovi” con redondo y, por ende, con un huevo. Y el “vivi” con “vivo”, como los bebés que están “vivos” dentro de la panza de sus mamás. Y hasta la fecha, trato de entender el mundo con conceptos que aprendo en libros, pero esta vez son libros de gente que, en su mayoría, está muerta. Mi curiosidad por el estudio del origen de las costumbres religiosas, que se intensificó en mi adolescencia, respondería mi incógnita sobre el día de la coneja. 

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Siento rara esta ocasión no poder conmemorar la que se supone es la fecha más representativa de la religión que practico, precisamente porque es cuando se celebra el evento que le da sentido a mi creencia. La pandemia del covid-19 ha causado este y otros cambios en mi vida aparentemente normal. Pero igual confieso que es un respiro. Un cambio de rutina, después de pasar casi todos los años de mi vida yendo a la iglesia cada domingo y sentirme mal cuando no asisto al servicio. 

Admito que en algún punto de mi vida me harté de no poder despertarme tarde el “primer día de la semana”. Qué fastidio no poder desvelarme en sábado porque al día siguiente hay iglesia. Espera, Dios, esto no es contra tí. Pero como una vez dijo un predicador,”la gente termina más cansada los domingos que entre semana”. Bendita tecnología que ahora puedo ver predicaciones por Facebook Live, sin salir de casa. Tan surreal y tan fascinante a la vez. Y al mismo tiempo, se extraña estar en una aglomeración con otra gente cantando. O mientras los demás cantan y yo estoy en silencio. Da igual si dicen que si no cantas, si no saltas, si no danzas o hablas en lenguas Dios no te escucha: a veces me gusta alabarlo en silencio. 

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La resurrección. “No está aquí, pues ha resucitado”, dice un versículo de la Reina-Valera 1960. Recuerdo haberlo memorizado en una de mis clases de escuela dominical, ¿o fue una escuela bíblica de verano? No lo sé. Ha sido una de las muchas frases que se quedaron para siempre en mi mente, en esa versión de la Biblia que, por más pro-tropicalización que quiera ser, me niego a cambiar.

“Celebrad a Cristo, celebrad”. No sólo son versículos, también son los cantos los que no se despegan de la memoria.

“Él resucitó, él resucitó. Y por siempre él vivirá”.

¿No es acaso algo extraño que se hable en español de España si estamos en América Latina? Lo es, pero es que también una parte de mí se niega rotundamente a , por ejemplo, usar otras versiones de la Biblia más ad hoc al español latino. Con lo mucho que batallo para acoplarme a cosas nuevas, prefiero reservar mis energías de adaptación para otras cuestiones más prácticas.  Claro, esa es una preferencia personal.

“Vamos a celebrar, vamos a celebrar”. Dicen que los crucifijos no tienen sentido porque muestran a un Cristo derrotado, cuando él no se quedó en la cruz, sino que triunfó sobre ella. Y por eso a los protestantes les gusta usar cruces vacías. Yo no optaría por ninguna de las dos. Una vez leí que eso era como si un familiar tuyo hubiera muerto en la silla eléctrica y tú te hicieras un colguije de una silla eléctrica para recordarlo. Me hace sentido, pero también entiendo la enorme carga de los símbolos. 

“El Señor resucitó”. Aún así, me niego a usar una cruz como joyería.

No tengo problema en creer en la resurrección de Cristo, pero no me gusta justificar por qué lo creo. Me gusta racionalizar sobre las estructuras sociales, conceptos filosóficos, el por qué el mundo es como es… Pero no me llama la atención racionalizar mis creencias. Por eso le perdí el interés a la apologética tan rápidamente, y en ocasiones considero que llega al absurdo intentando explicar lo inexplicable. ¿Para qué hacerme bolas yo misma? Suficiente es tener mi cerebro enmarañado de ideas, teorías, conceptos, interpretaciones e intentos de autopsicoanálisis.

         Prefiero ser lógica en otras cosas, menos en eso. Mi mente no siempre está tranquila, pero me da paz el no tener que demostrarle a nadie pruebas de la resurrección. Me queda claro que habrá quienes piensen diferente y quieran una perspectiva más científica, lo que sea que eso signifique. E igual habrá otros que tengan un pensamiento menos ortodoxo para ilustrar lo que no se comprende científicamente. También hay que aceptar que no todo se va a poder explicar, y eso está bien. 

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Sí, Jesucristo resucitó. Pero se supone que también los muertos van a resucitar. El día del juicio final, o algo así. Y si hay algo a lo que me aferro es a esto. Cuando alguien muere, en los funerales se repite una y otra vez la la frase  “algún día los vamos a volver a ver”. Algún día voy a volver a ver a quienes se fueron de este mundo. Recuerdo el sepelio de mi abuelo, de mi tío. El más reciente ha sido el de mi abuela. Ella no me heredó su casa, mucho menos dinero. Pero me heredó su religión. También me heredó el cabello lacio, y algunos dicen que la nariz. 

A mi abuela la ví desfallecer poco a poco, bajar de peso abruptamente, perder energía para hablar. Y luego un día cayó dormida literalmente, y después cayó dormida en el sentido bíblico de la palabra. “Para mí el vivir fue Cristo y el morir ganancia” reza su epitafio. Y fue sepultada junto a sus padres y su esposo, tal como ella lo quiso. A veces la veo en sueños, en las gerberas que me regaló y que he visto florecer, en las diademas y bolsas que tejió, en el sillón que dejó vacío.

Una amiga china (que no sé si sea budista,  taoísta o atea) me dijo que, de alguna forma, las personas que amamos no nos dejan, sino que siguen existiendo en otras formas cuando más las necesitamos. Como las flores en primavera, la brisa fresca del verano, las hojas caídas en invierno. “Me gusta pensar que ella existe de esa manera”. Igual que los libros de la gente muerta que leo: ya no están físicamente, pero están presentes de otra manera: ahora están en las ediciones ochenteras de sus obras, que compro en los puestos de libros usados. O en los pdf que descargo por internet.

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Dice el Nuevo Testamento que los muertos en Cristo resucitarán primero. Tal vez no batalle para creen en la resurrección porque deseo también que mis muertos resuciten. Verlos de nuevo, en mucho mejor estado que cuando dejaron la vida. Igual que Jesús. Y ahora que se conmemora la Pascua, pienso en esas resurrecciones. Romanos 10:9 dice “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.

Sí, confieso con mi boca que Jesús es el Señor, y creo en mi corazón que Dios lo levantó de los muertos, quiero ser salva. Porque deseo estar en esa Nueva Jerusalén, con calles de oro y mar de cristal.  Quiero  volver a ver a mi abuela y a todos mis muertos. Y así va a ser. Así me gusta pensarlo. Eso quiero creer.